viernes, 7 de noviembre de 2014

Viaje por la frontera del Duero-Peñaranda



Viaje por la frontera del Duero

Jorge Ferrer-Vidal

Selecciones Austral

Espasa-Calpe, S.A. Año 1980

Página 136






PEÑARANDA DE DUERO

Se divisa en la lontananza la silueta inconfundible del castillo de Peñaranda, de traza similar al de Gormaz, pues no en vano ambos son de la misma época y se hallan emplazados en similares puntos estratégicos de la frontera del Duero.

El caminante llega a las inmediaciones de Peñaranda con la caída de la tarde, cuando el sol se enrojece y el cielo se hace malva y amarillo, se orna, aquí y allá, con moratones listados, y aviva el paso para entrar en el pueblo con la claridad de la tardor que sonrosa piedras, pavimentos y esquinazos de calle.

Peñaranda es una de las sorpresas que guarda la cuenca duratina al viajero, pueblón bellísimo y monumental, crecido como una florida enredadera, a la sombra del alto otero en el que se alza el castillo de largos amurallamientos y torre de homenaje harto bien conservados, tratándose de fortaleza erigida en el azaroso siglo X.

El viajero se admira también ante la esbelta estampa que ofrecen los dos paños de murallas torreadas que protegen parte del casar y que forman la entrada principal de la villa, mantenidas intactas, sin el menor deterioro, como si hubiesen sido edificadas apenas hace unos meses. La puerta y las murallas de los condes de Miranda, que por tal nombre se las conoce, están construidas con tierra arenisca parda y ahora, con los arreboles del sol moribundo, parecen cubrirse de rosales trepadores y de hiedras rojizas inexistentes.

En Peñaranda el viajero se encuentra ante el grave problema de optar entre lo real y lo imaginado, entre lo apodíctico y lo contingente y decide, en razón a su calidad de notario de imperfecto registro, eludir dicotomías e inclinarse por términos medios y soluciones eclécticas, tal una simbiosis entre lo verdadero y lo que no siendo, podría ser.

Así, la muralla y la puerta de los Miranda se le antojan al vagabundo escenario de cuento infantil de princesas y de hadas, a la vez que resto y vestigio de historia pura y, solventada la disyuntiva, se da sin más a la contemplación de las mismas, aunque sin poder evitarlo, levante de cuando en cuando los ojos hacia la fábrica alargada y gormacina del castillo en lo alto, complemento ineludible a la hora de reconocer el mérito de aquellos hombres angustiados por peligros y asechanzas y, sin embargo, duchos en el arte de decorar el mundo con sus obras.

El caminante penetra en el pueblo por la puerta principal y se sumerge en el laberinto de callejas de añosas edificaciones, arcos de grácil fachenda y soportales de madera noble contra la que nada ha podido la carcoma del tiempo y en tal escena llega incluso a creerse personaje de importancia, disputador de querellas y hacedor de paces y de treguas, en el nombre de Dios.

El casar de Peñaranda es concentrado y elíjase el camino que se quiera, una vez dentro de él, va uno fatalmente a desembocar en la plaza, en cuyo centro se alza un rollo historiado del siglo XV, alto y esbelto como una moza abrileña; en el flanco al saliente, el palacio que unos llaman de Miranda, otros de Avellaneda y otros, en fin, de Zúniga, cuya estirpe pasó, andando el tiempo, a engarzarse con la casa de Alba, y a poniente, la bella y sugerente iglesia-colegiata, del siglo XVIII.

El viajero dirige sus pasos hacia el Palacio y ni quita ni pone propietario, porque sea quien fuese el último tenedor del mismo, lo vendió al Patrimonio Nacional por trescientas mil pesetas, precio a la par irrisorio y alto, si se tiene en cuenta el presupuesto que el mantenimiento de un edificio semejante supone y que fue en su día cedido por el Patrimonio a la Sección Femenina de la FET, para cumplir funciones de internado de mocitas bachilleras, empeñadas en la tarea de realizar su servicio social intensivo, en un solo verano.

El viajero entra en el Palacio de los Avellaneda, penetra en el patio central y se encuentra con un hatillo de mujercitas uniformadas, jersey Fred Perry blanco, faldilla azul marino y mocasines negros, que alborotan y cantan la tontez de Carmen, Carmen, Carmen, te quiero y tú lo sabes…que no apareja ni con el escenario ni con las normas de sus Jefaturas, dadas a resucitar, en buena hora, la auténtica tradición popular cantoril española.

El peregrino las observa unos segundos y de pronto, se separa del grupo una criatura morena y de buen ver, que se dirige a uno y le inquiere con acento andaluz –aunque después resulta que la niña es de León, de donde se deduce que en materia de acentos hay que guardar la ropa-, observándole, de arriba abajo, con cierta desconfianza:

-¿Quiere usted ver el palasio?

El caminante asiente con la cabeza y la niñata que se presenta como uno de los mandos de la organización juvenil, le va mostrando, pieza por pieza, la joya arquitectónica más cumplida del renacimiento castellano del XVI, con su patio central de dos pisos de arcos conopiales, ornados cada uno con medallón romano auténtico, procedentes de la vecina colonia de legionarios del Lacio, Clunia Sulpitia. La arquería forma galerías de donosura difícil de igualar y luce un artesonado en maderas nobles que incita a tumbarse en el suelo, ojos arriba, y a contemplarlo horas y horas, deleitándose en sus lágrimas y conchas, sus esquinazos a trompa y sus entretejidos de claras reminiscencias mudéjares.

Viajero y guía femenino van penetrando por las distintas dependencias y salas del palacio, entre las que destaca el gran salón ducal, con su balconcillo celado para orquesta, en el que en épocas de esplendor debieron celebrarse bailongos cortesanos, gestarse intrigas y cruzarse furtivos billetes de amor adulterino.

El palacio es rico en rinconadas desde las que se descubren bellas perspectivas, retretas ideales para nocturnas citaciones, no aptas para ser manifiestas a la luz del sol.

El caminante se detendría en el palacio de Peñaranda días y días y consecuente con sus deseos, pregunta a su joven guía si existe disposición en el Reglamento de la Sección Femenina de la FET, que prohíba el cumplimiento del servicio social a hombres mayores de cuarenta años, pregunta que desconcierta, así, de entrada, al mando que dirige al peregrino, aunque a los pocos segundos, responde con gracejo:

-No lo sé. Eche usted instancia y pruebe. Por mi parte, encantada de tenerlo aquí, a condición de que se bañe a diario, claro.

Y el viajero que pierde ocasiones preciosas para callar, comenta:

-Se le nota el ingenio andaluz, hija mía.

Y ella, la desgraciada:

-Pues, soy de León, señor, recriada en Bolivia. De ahí, el acento.

El viajero toma nota en su mente de dirigir, pues, instancia a la Delegada Nacional de la Sección Femenina, en solicitud de ingreso para cumplimiento de servicio social en el palacio de Peñaranda en el próximo curso y lamenta que no se encuentre allí doña Pilar Primo de Rivera que, por cierto, ha habilitado para sí misma un par de habitaciones del edificio, con una parquedad y una adustez dignas de elogio en estos tiempos dictatoriales en los que es norma que todo lo oficial se cubra de falsos abalorios.

El caminante sale del palacio de los Avellaneda, con la esperanza de retornar como alumno de la Sección Femenina el próximo verano, cruza la plaza y se dirige a la iglesia colegial, de audaz arquitectura, con fachada ilustrada con cinco hornacinas, en las que se ven imágenes talladas de María, de Cristo, de San Antonio de Padua, de Dios Padre Creador y del coro de los ángeles. Una vez puesto en el interior del templo, el viajero admira la ligereza del crucero de la nave, tal que semeja pronta a derrumbarse y pasea después por la iglesia, hasta descubrir a la derecha del deambulatorio, un lápida negra la cual se guarda –uno ignora el motivo que, por otra parte, nadie ha sido capaz de aclararle-, el corazón del señor conde de Montijo, fallecido en 1839. El andarín levanta no sin esfuerzo la encubredura del enterramiento y, en efecto, encogido como un higo paso, distingue la víscera del señor conde y hasta le parece que hiede como las sangres coaguladas de ovejas recién paridas.

Peñaranda de Duero guarda para el visitante, además de los citados que no son pocos, el atractivo de la botica del lugar, fundada en 1685 por el licenciado don Andrés Ximeno Camarero y que se conserva tal y como era en pleno siglo XVII, con sus alacenas de tarros y tarrinas, en su mayor parte de cerámica de Talavera, en los que se pueden leer y aun observar, puesto que en cada uno de los recipientes quedan restos medicamentosos, los exóticos productos utilizados por la farmacopea de la época, que van desde los extractos de cicuta, de acíbar y de valeriana, a los elixires viperinos y de sapo, pasando por sustancias de nombres tan sugestivos como esperma de ballena, cuerno de ciervo, ojos de cangrejo para molestias estomacales, habas de San Ignacio, kermes veterina, piedra armenia y píldora perpetua, cuyos resultados, en especial, los de esta última, debieron, sin duda, ser espectaculares, ya fuese en la recuperación inmediata del paciente o en su defunción acelerada.

La botica de Peñaranda ha pasado, desde su fundación, de padres a hijos, en línea directa, y hoy la regenta don José Ximeno de Pablos, hombre joven que conserva el tesoro familiar con mimo y con cuidado, tanto la botica, propiamente dicha, como la rebotica, en la que se conservan almireces, probetas, tubos y hornillos de destilar, husos, ruecas, pezuñas de pata izquierda de alces –remedio contra el nerviosismo y la angustia vital-, y hasta un buitre disecado, que cuelga por el cuello de una de las paredes. El viajero queda arrebatado por el hondo sabor de taller de alquimia que posee el local y de buen grado permanecería allí horas y días, destilando jarabes y prensando plantas medicinales para experimentar luego sus efectos en enemigos y en críticos literarios. Pero el tiempo pasa y don José se dispone a cerrar el establecimiento y en su compañía regresa el viajero a la botica de despacho, donde un zarrapastruelo que levantará no más de cuatro cuartas, se dirige al farmacéutico y dice:

-Don José, déme usted un tubo de aspirinas, que a la madre le duele un diente.

Y el viajero piensa que el paso del tiempo y los avances del progreso destruyen, poco a poco, lo que la vida tiene de creativo y de liberador y que, sin duda, debía resultar más hermoso curar un dolor de muelas, a base de una buena infusión de diente de jabalí y de jarabe de cornejas cochas.

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