martes, 18 de junio de 2013

El héroe (versión adaptada del clásico de Rabindranath Tagore)


Figuraos, que andamos de viaje y que estamos atravesando un peligrosos país desconocido. La Madre va sentada en su palanquín y el hijo, trota al lado suyo en un caballo colorado.
El sol se pone, va anocheciendo. Ante los viajeros se tiende solitaria y gris la anchura de Castilla. Todo alrededor es desolado y seco.
La Madre piensa asustada: “Hijo, no sé adonde hemos ido a parar”
El hijo responde: “No tengas tú miedo, madre”


El sendero es estrecho y retorcido, y los abrojos desgarran los pies. Los ganados han vuelto ya de los anchos llanos a sus establos de la aldea. Cada vez son más oscuros y vagos la tierra y el cielo, y los viajeros, ya no ven por donde van. De pronto, la madre llama al hijo y le dice bajito: “que luz será aquella que hay allí junto a la orilla, hijo?”


Un alarido horrible salta en lo oscuro y unas sombras arrolladoras se les van encima. La madre se acurruca en su palanquín y repites rezando los nombres de los dioses. Los esclavos que la llevan se esconden temblando de terror tras los espinos. El Hijo grita: “Madre, no tengas cuidado, que estoy yo aquí.”

Los asesinos están más cerca cada vez, hirsutos los cabellos, armados con largas lanzas. El hijo les grita: “¿Alto ahí, villanos! ¡Un paso más y sois muertos!” se oye otro terrible grito y los bandidos se abalanzan contra los viajeros. La madre, convulsa le coge la mano a su hijo y le dice: “Hijo de mi vida, por amor de Dios, huye de aquí”. El hijo le contesta: “Madre, mírame tú. ¡Ya verás!”

Entonces el hijo mete espuelas a su caballo, que salta furioso. Chocan sonantes la espada y el escudo. El combate es tan espantoso, que si la madre lo pudiera ver desde el palanquín se helaría de espanto. Unos huyen, otros caen hechos pedazos. La madre, mientras, ya lo sabe el hijo, sentada allí solita, piensa: “mi hijo ha muerto”. En esto vuelve el hijo todo ensangrentado y le dice: “Madre, la lucha ha terminado”. Su madre sale del palanquín y apretándolo contra su pecho le dice: “que hubiera sido de mí si mi hijo no me hubiese escoltado”.
.... Todos los días pasan cosas como esta. ¿Por qué no había de suceder en Peñaranda algo así alguna vez? Sería como un cuento de los libros. Nuestro hermano diría: “ Pero, ¿es posible? ¡Yo que lo creía tan endeble!” y los hombres del pueblo repetirían asombrados:

“¡¡¡¡¡ Verdaderamente fue una suerte que el niño acompañara a su madre “!!!!!




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