martes, 19 de mayo de 2009

Camilo José Cela.- Judíos, moros y cristianos



El vagabundo para acercarse a Peñaranda, que esta a legua y media al norte de la Vid, vuelve la espalda al Duero, el río con el que piensa toparse de nuevo y no muy tarde.

El vagabundo quiere pasar por Peñaranda para tocar la picota en la que tantos vagabundos habrán sido descuartizados a la mayor honra del recogidor y la afición.

El vagabundo, años atrás, se había especializado en picotas y llegó a saber bastante. Según su ciencia — ciencia por la que el vagabundo, ¡bien él lo piensa!, no pondría jamás una mano en el fuego—, Burgos es, de todas las provincias de Castilla la Vieja, la que más picotas tiene, seguida de cerca por Ávila, de muy lejos por Palencia, y de más lejos por Valladolid y Segovia, provincia que no tiene más que una, la de Grajera, de que ya se habló, aunque guarda recuerdo de otras cuatro: la de la capital, la de Cuellar, la de Sepúlveda y la de Turégano. En Santander, Logroño y Soria ni hay picotas ni, que el vagabundo sepa, las hubo nunca. Burgos conserva catorce picotas y aún tuvo otra, la de Huerta de Abajo, capital del ayuntamiento de Valle de Valdelaguna, en el partido judicial de Salas de los infantes, ya desaparecida.

De las catorce picotas burgalesas, una está en las Huelgas, en la capital; dos en el partido de Aranda, en Peñaranda y en Quemada; otras dos en el de Lerma, en Cilleruelo de Arriba y en Santibáñez del Val, y las nueve restantes en el de Salas, en Barbadillo del Mercado, en Cabezón de la Sierra, en Castrillo de la Reina, en Hacinas, en Hontoria del Pinar, en Jaramillo de la Fuente, en San Millán de Lara, en Santo Domingo de Silos y en Rupelo, lugar del ayuntamiento de Villaespesa.

Peñaranda de Duero, no más cruzar el Arandilla, está al pie de un cerro que termina en un ruinoso castillo. Peñaranda ya fue más de lo que hoy es, y sus piedras de escudo; su colegiata, que el primer duque de Peñaranda y séptimo conde de Miranda, su fundador, dotó para un abad mitrado; su palacio de columnas de jaspe; su hospital de la piedad; su convento de San José y su picota de la calle de la Caba, bien claro y estremecidamente hablan de lo que el tiempo se llevó por delante.

Al vagabundo, al cruzar estas viejas ciudades muertas y señoriales, gloriosas, militares y olvidadas le queda flotando sobre el corazón una tenue nube de amarguilla conformidad, de resignada y paciente melancolía.El vagabundo, sentado en las gradas de la picota, ve pasar un rebaño de ovejas en cueros, de ovejas recién esquiladas, de sucias y flacas ovejas atónitas, polvorientas y silenciosas. El zagal que las arrea, en otros tiempos, hubiera podido ser alférez contra el moro y quién sabe si fundador de mayorazgo.

El vagabundo, que se puso triste y lleno de pesar, se entona en la posada con tres tientos a una bota de vino de Toro que le brindó un arriero de Quintanamanvirgo, allá en la cuesta de San Facundo y San Primitivo, hombre animoso y de buenos humores que sabe del polvo de los caminos, del precio del trigo y del brillar de las estrellas, que sobaja sobre seguro a las mozas de siete provincias, que vuelve la espalda al naipe por atender al vaso, y que canta a lo pecado la petingosa y la marmarisola, el trepeletre y el pindajo y las carrasquillas, con su voz silvestre, espinosa y agridulce, como la zarzamora y el rojillo fruto del majuelo. El arriero, que se llamaba Rodrigo Martínez, como el pastor de ánsares de la canción, venía de Coruña del Conde, el pueblo del emperador Galba, según algunos, de llevar una alcoba para unos recién casados de posibles y, si no le salía en el camino cosa de mejor sustancia, quería acercarse a Castrillo Tejeriego, en Valladolid, donde su Dulcinea le sabía preparar el almuerzo, la mejor anguila del río Jaramiel.

—Si quiere le llevo hasta Aranda, o más allá, si le place.

—No, lléveme hasta Quemada, no tengo prisa.

A una legua escasa de andar, a la izquierda del camino y asomado al Arandilla, el arriero y el vagabundo dejaron a San Juan del Monte, pueblo de vega.

Zazuar, a media legua del cruce, es un pueblo de adobes subido sobre una colina. En el monte que llaman de la Calabaza, que queda más allá del Arandilla, se distinguen hasta cinco verdes: el brillador verde de los prados, el verde ennegrecido del pino, el azulenco verde del enebro, el verde mortecino de las carrascas y el blancuzco y plateado verde de las sabinas, de las tímidas y cenicientas sabinas.

A poco camino, y después de cruzar el Aranzuelo, que cae al Arandilla a la vista de la carretera, está Quemada, sobre un cruce, pueblo que tiene no mucho más que la picota, y en el que el vagabundo piensa que lo mejor será dejarse llevar por las tres mulas del arriero — Cantinera, Portuguesa y Lucida — hasta Aranda, otra vez en el Duero.





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